Catequesis de monseñor Osoro para las familias

11 de Marzo de 2016

 

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por vuestra presencia. Gracias por acompañarme en este inicio de estas catequesis sobre la familia, que son más bien celebraciones de lo que es la familia cristiana.

Habéis visto que el protagonista de estas catequesis, como siempre, tiene que ser nuestro Señor Jesucristo, realmente presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Él prolonga su presencia en esta tierra en el misterio de la Eucaristía. Permanece junto a nosotros. Él se sigue dando y regalando a todos los hombres en este misterio.

Contemplamos al Dios rostro de la misericordia en este misterio de la Eucaristía. Pero, junto al Señor, como os decía antes, está la imagen venerada por todos nosotros de su Santísima Madre, en cuya catedral está este santuario de Ella, este lugar donde nos encontramos con esa mujer excepcional, ese ser humano más excepcional que ha existido, que supo decir a Dios sí con todas las consecuencias. Cuando Dios le pide la vida para mostrar su rostro en esta historia, Ella lo acepta.

He querido que fuesen estos dos protagonistas los que estuvieran presentes en el inicio de estas catequesis sobre la familia que vamos a comenzar. Cristo y María: el hijo de Dios que se hizo hombre, y la Santísima Virgen María, su madre. Ella dio rostro humano a Dios para que nosotros conociésemos quién es verdaderamente Dios, y el rostro verdadero que tiene el ser humano cuando deja entrar a Dios en su vida.

Esta página del Evangelio de las bodas de Caná, que tantas veces hemos escuchado, he querido que fuese para todos nosotros ese canto que abre este inicio de estas catequesis que vamos a continuar. Posiblemente, tanto las catequesis como la oración que yo haga con vosotros van a tener como telón de fondo lo que el papa Francisco, en la exhortación apostólica que próximamente va a salir, tendrá como fondo: la familia.

Cristo, en el inicio de su vida pública, quiere estar presente precisamente en el inicio de una familia, que es el matrimonio: un hombre y una mujer unen sus vidas, y Cristo se hace presente. San Juan Pablo II nos entregó a los cristianos los misterios luminosos. En uno de esos misterios nos habla de ese momento excepcional en que Jesucristo manifiesta que es realmente Dios, precisamente en las bodas de Caná.

La familia tiene una singular importancia en nuestra cultura, queridos hermanos. Miremos hoy todos nosotros la realidad de la familia en toda su complejidad, con las luces que realmente tiene y con las sombras que se manifiestan. Yo estoy pensando en los padres, en los abuelos, en las hermanas y hermanos, en los hijos, en el vínculo que se crea en la familia. Es cierto que la familia está sufriendo este cambio antropológico cultural que está influyendo en todos los aspectos de la vida, y que requiere de nosotros precisamente una cercanía cada día mayor a nuestro Señor Jesucristo.

El papa Benedicto XVI nos hablaba de la crisis antropológica, de la crisis del hombre, de la crisis de la imagen del ser humano. El papa Francisco, en la encíclica Laudato si’, nos ha hablado también de la crisis del ser humano, que es el problema fundamental que existe. Y esto afecta directamente a la familia. Cuando no se sabe qué es el ser humano, en las relaciones que comienzan entre un hombre y una mujer en el matrimonio, que continúan después a través de la familia formada en ese matrimonio por los hijos, tiene una repercusión esencial y profunda el concepto que tengamos del ser humano. Por eso, ¡qué importante es para nosotros encontrarnos con Jesucristo!. Con el que ha diseñado realmente lo que es el ser humano.

Es verdad que nosotros tenemos una necesidad especial de encontrarnos con el Señor para saber de verdad quiénes somos. Y esto solamente nos lo dice el Señor. La crisis de la fe nos afecta profundamente a todos nosotros. Y la crisis de la fe, la crisis de la marginación de Dios de nuestra existencia, nos afecta de una manera singular y especial. Y está en el origen también de la crisis del matrimonio y de la familia. No saber quiénes somos, cuando un hombre y una mujer unen sus vidas, trae a la larga una crisis, trae oscuridad. Esas palabras que un día os dijisteis la mujer al marido y el marido a la mujer -«yo te quiero a ti, prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida»- son unas palabras que solo se entienden a la luz de Jesucristo si soy capaz, al decirlas, de ver que en esa persona a quien se las digo estoy viendo al mismo Señor. Solo así se puede hacer una promesa de la categoría con que la habéis hecho.

En la sociedad actual, aún reconociendo la bondad del proyecto creador de Dios en la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, es verdad que también disminuye el número de personas que toman la decisión de unir sus vidas viendo el uno en el otro al mismo Jesucristo. En este contexto cultural, es cierto que es importante acercarnos al Señor como lo estamos haciendo nosotros esta noche. Acercarnos a Cristo. Sí. Es el Señor el que nos da a todos nosotros una capacidad especial, nueva, para descubrir que la familia sigue siendo en la actualidad el pilar fundamental e irrenunciable de la vida social, y que lo seguirá siendo siempre. En ella es verdad que conviven múltiples diferencias, pero a través de esas diferencias se estrechan relaciones, se crece en relación a generaciones diversas, y en la mutua acogida de las mismas.

La familia representa el valor fundante y el recurso insustituible para el desarrollo de la sociedad humana. El Concilio Vaticano II así nos lo recordaba, y también los sínodos que hemos celebrado sobre la familia. Decía el Concilio que la familia es escuela del más rico humanismo, es el fundamento de la sociedad, de las relaciones familiares, conyugales, filiales y fraternas. Los miembros de la familia establecen vínculos firmes, vínculos gratuitos, que les hace vivir en concordia, en el respeto recíproco y en superar el aislamiento y la soledad.

Queridos hermanos: miremos a la familia como la mira nuestro Señor, veamos a la familia a los ojos de nuestro Señor Jesucristo. Demos amor al hombre de verdad. Miremos así a la familia, con los ojos mismos de nuestro Señor Jesucristo. Volver la mirada a Jesucristo significa oír lo que acabamos de escuchar en el Evangelio. Qué maravilla, queridos hermanos. A una boda asiste Dios mismo. Él y su madre están invitados. En esa boda hay algo que falta. Cuando falta Dios, no hay fiesta. El corazón humano, sin Dios, está triste. Convenzámonos todos los cristianos de que esto es verdad, de que no es cuento lo que nos ha dicho la palabra de Dios que acabamos de proclamar. Retirar a Dios de la vida de unas personas que quieren unir sus vidas es retirar la felicidad del presente y, por supuesto, la felicidad del futuro. Porque solo con las fuerzas de uno no se puede hacer. No se podía hacer la fiesta, faltaba vida. Qué maravilla, queridos hermanos, que la que se da cuenta de esto es la Santísima Virgen María. Se da cuenta de los apuros que había allí: no había futuro, no se podía hacer la fiesta. Y la Virgen María se hace misionera. Sí. Va donde su hijo e intercede por aquella gente: no tienen vino, no pueden celebrar la fiesta. Jesús interviene. María simplemente dice: «haced lo que Él os diga».

Aquí estáis, familias. Sabéis lo que significa en la vida tener en el centro de vuestra existencia a Jesucristo. Él es el que nos hace a nosotros también saber decir al otro: perdón. Perdón. En el perdón también está la fiesta. Porque el perdón, cuando se pide y se da de corazón, nos hace levantarnos de la postración en la que estábamos.

La condición decisiva es mantener fija la mirada en Jesucristo, es detenernos en la adoración del Señor, es dejar que Él intervenga, es dejar que las tinajas que están llenas de agua Él las convierta en vino. Y las tinajas son nuestra propia existencia, la existencia vuestra, de los matrimonios, de los hijos.

Dejad que entre Jesucristo en vuestra vida, dejad que ocupe toda vuestra existencia, dejad que ocupe vuestro corazón. Haced verdad eso que hace el Señor con cada uno de nosotros. Permitidme que haga un recuerdo. Desde las 10 de esta mañana hasta hace un rato he estado en la cárcel de Soto del Real, hablando en todos los módulos a los que están allí residiendo. Y les he dado un icono donde está nuestro Señor Jesucristo lavando los pies a un discípulo. Se ve una jofaina, y Cristo está dando un abrazo al discípulo; no se le ve la cara, solo se ve la cara al discípulo; a Cristo se le ve la cara en la jofaina donde están metidos los pies del discípulo, y allí se refleja la cara de Cristo. Él no tiene inconveniente en mostrar su rostro en nuestra debilidad, en lo sucio de nuestros pies, incluso de nuestra vida. Y el discípulo está tan a gusto que en el icono se ve cómo tiene una mano abrazando al Señor y la otra poniéndola en alto, diciendo: no os acerquéis, estoy muy a gusto, quiero esta imagen, que entre en mi vida, la quiero meter en mi corazón.

Esto es la familia, queridos hermanos: un hombre y una mujer que toman la decisión de dejarse lavar los pies por el Señor, de dejar que la imagen de Cristo sea la que esté impresa en su corazón, la que mueva su vida y sus relaciones. Y esa imagen se la transmiten a sus hijos. Y es la imagen que mueve después las relaciones de la familia, no solamente del matrimonio. Ese es el vino que necesitamos. Ese es el vino. Eso es lo que hace posible la fiesta. Esto es lo que hace posible que el futuro lo tenga, como lo ha tenido siempre, la familia. Y la familia cristiana, queridos hermanos. El matrimonio cristiano, que es indisoluble. El matrimonio cristiano, que se aferra en ver el uno en el otro a Jesucristo, en ver la imagen del Señor en el otro. Transmitírselo a quienes traemos a la vida. Pero, para eso, hay que fijar la mirada en nuestro Señor Jesucristo.

Queridos hermanos: invitados a la fiesta. Imposible hacer la fiesta de la familia sin Jesucristo. No es posible. María, atenta a las necesidades. Pidamos su intercesión hoy por las familias. Pidamos que aceptemos el reto de María: «haced lo que El os diga». Pidamos que esto lo hagamos en lo ordinario de la vida, en la vida cotidiana, en el día a día. Agradezcamos que, gracias a la presencia de Dios en aquel grupo, en aquellos que iniciaban el matrimonio y el futuro de una familia, pudo haber fiesta.

Consideremos siempre, queridos hermanos y hermanas, que solo dejando entrar a Jesucristo en nuestra vida, la familia cristiana no solamente tiene futuro, sino que contagia una manera de ser y de vivir en la historia que transforma este mundo, que da seguridad a la sociedad, que es un bien social para nuestro mundo. La familia cristiana no es un añadido más. Es roca firme de una sociedad. Hagámoslo posible.

Pero, queridos hermanos, yo os convoco a adorar al Señor y a recibir estas catequesis no solamente hablando, sino adorando a Jesucristo, porque solo si dejamos entrar al Señor habrá familias cristianas.

La familia cristiana no se hace con muchos slogans que digamos por ahí. Haremos propaganda, pero quizá vacía. Tenemos que llenar de contenido a la familia. Y la familia cristiana se llena de contenido siempre cuando comienza dejando entrar al Señor en su vida. Vamos a dejarle entrar. Y vamos a comenzar una manera nueva. Bueno, no nueva, porque fue con la que comenzó Jesús: es tan antigua como la presencia desde hace 21 siglos de Jesucristo en este mundo, en esta historia. Por lo tanto, no es nueva, pero comenzó entrando Jesús en el corazón y en la vida de los que iniciaban una familia. No quiero, hermanos y hermanas, utilizar otro método más que el que utilizó nuestro Señor Jesucristo. Y os aseguro que así no nos confundimos. Vamos a mostrar que esto tiene tal capacidad de contagio, tal fuerza, que dinamiza una sociedad, la cambia, la revoluciona, la hace diferente. Hombre: tan diferente que la saca de la tristeza y de la desilusión para vivir en la alegría del Evangelio. Adoremos así al Señor un momento. Y os sigo invitando. Invitad a que una vez al mes las familias nos reunamos: un ratito, será una hora más o menos.

 Catequesis de monseñor Osoro para las familias

10 de Junio de 2016

 

Comenzamos esta catequesis sobre la familia cristiana comparando la familia con una casa. Los padres son el fundamento de la casa y los hijos son las piedras vivas que dan también, a esa casa, una manera de ser, de estar, de vivir. Voy a dividir la catequesis en tres partes: en primer lugar, el Señor nos dice que hay dos clases de casas, una construida sobre roca y otra construida sobre arena. Así se puede hacer la familia. La casa-familia no puede hacerse sobre arena. Habéis visto las consecuencias que tiene el construirla de una manera o de otra. Nos lo ha dicho el Señor en esta página del Evangelio de San Mateo, en el capítulo 7: el hombre prudente edificó su casa sobre roca, cayó lluvia, vinieron torrentes, soplaron vientos, pero esta casa no se cayó; estaba bien cimentada. Pero también se puede construir otra casa, la que hacemos sobre arena: el hombre insensato. En la casa hecha sobre arena vienen torrentes, soplan vientos, irrumpen contra la casa, y ésta cae, se hace ruinas. Las dos casas que describe Jesús, con las que podemos comparar esa construcción de la casa-familia, expresan situaciones familiares creadas por la libertad que Dios nos ha dado.

Pero yo quisiera, en segundo lugar, que esta tarde, ante nuestro Señor Jesucristo, nosotros entrásemos en la casa construida sobre roca. Al construir la casa sobre roca, se hace verdad lo que nos dice el Señor: dichosos los que van por los caminos del Señor, dichosos los que apoyan su vida en el Señor, como nos dice el Salmo, porque todo irá bien, serán casas que no se derrumban; dichosos los que construyen la casa inspirándose en ese plano que el Señor nos entrega. La casa será fecunda, los hijos serán como brotes de olivo, que dan fruto.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, detengámonos un momento en esta casa construida sobre roca. Cuántas veces habéis escuchado ese texto del capítulo primero y segundo del libro del Génesis, que nos describen el relato de la Creación en que nuestro Señor crea al hombre y a la mujer. Y dijo Dios: «hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza». Que el centro de todo lo creado sea el hombre, pero porque los hombres son capaces de poner en el centro de lo creado a Dios. Casa construida sobre roca. Tú y tu esposa, cuando os miráis sabiendo que el Señor nos hizo a imagen y semejanza de Dios, todos, cuando nos miramos así, vivimos con una singularidad especial: vivimos en el amor. Un amor que genera vida, un amor que manifiesta a este Dios, que es misterio de comunión, y que se realiza en ese hombre y mujer que quieren construir y hacer casa-familia sobre roca. Que no se caiga: que vengan los vientos, que vengan las lluvias que fueren, que la casa se mantiene. Y lo hace porque se están viendo a sí mismos, el uno al otro, como imagen y semejanza de Dios. La familia no es algo ajeno a la esencia divina, porque no es ajeno a la esencia divina cada ser humano, que es creado a imagen y semejanza de Dios, que unen sus vidas y viven la comunión, la grandeza de la comunión, en el amor, que es la grandeza de un Dios que se manifiesta a los hombres. Este encuentro del hombre y de la mujer tal y como aparece en el libro del Génesis, cuando nos dice el Señor algo tan maravilloso: no es bueno que el hombre esté solo, voy a darle la ayuda adecuada.

Queridos hermanos: el encuentro del hombre y la mujer sana la soledad. Y de ese encuentro, que es sanador, surge la generación y la familia. Y el fruto de esta unión son, o es, esa palabra: que son una sola carne. La familia no es algo ajeno a la esencia divina; al contrario, el hombre y la mujer que la inician hacen verdad lo que nos dice el libro del Génesis: cuando el ser humano dice, al ver a la mujer y al ver que no está solo, esta vez sí que es un hueso de mis huesos y carne de mi carne. Y los hijos. En esa casa construida sobre roca, construida sobre esa roca que es esencia divina, de la que estamos constituidos nosotros, aparecen los hijos que, como brotes de olivo, tal y como nos dice el Salmo 128, aparecen dando energía y vitalidad a esa casa, dándole belleza.

Entremos, cojamos esta casa construida sobre roca. El Nuevo Testamento, cuando nos habla de la familia, nos habla de esa Iglesia doméstica que se reúne en una casa, esa Iglesia doméstica que vive las consecuencias precisamente de la celebración de la Eucaristía, de la presencia de Cristo, de la oración en común, de la transmisión de la fe, de descubrir que los hijos no son propiedad mía, no son propiedad de los padres... son de Dios. De ahí que en la familia, y también en esa casa, se transmita la fe, se haga descubrir a los que viven en esa casa que son imagen y semejanza de Dios, y que tienen que vivir conforme a la esencia que Dios les ha dado.

La celebración de la Eucaristía, la oración, la catequesis vivida y transmitida con la vida... Entremos en esta casa, queridos hermanos. Porque, mirad, hay otra forma de hacer la casa: sobre arena. Y ya veis las consecuencias de querer construir la sobre arena, ya veis las consecuencias de olvidar que la esencia del hombre es ser imagen y semejanza de Dios. Lo habéis visto: cuando el hombre sustituye a Dios -lo vemos en el capítulo tercero del libro de Génesis- hay destrucción. Casa construida sobre arena: la violencia rompe la vida de la familia, la falta de amor rompe la vida de la familia, la falta de vivir la esencia de lo que somos rompe la vida de la familia, rompe la intimidad de la comunión, la intimidad de la vida, rompe en definitiva el amor. Y aparecen los senderos del sufrimiento. Sí: senderos del sufrimiento.

Impresiona ver y escuchar algunas páginas del Evangelio. Hace algunos días, en la lectura continua de la Misa, oíamos el texto evangélico de la viuda de Naín: una mujer que va a enterrar a su hijo que había muerto. Una mujer que en ese traslado que está haciendo de su hijo se encuentra con Jesucristo, porque Él fue a una ciudad llamada Naín; Él iba con sus discípulos y una gran muchedumbre, y vio a esa mujer sufriendo, que era viuda, y que le acompañaba mucha gente; y el Señor tuvo compasión de ella: no llores; tocó el féretro y le dijo al joven: levántate. Lo que había vivido esta mujer era casa construida sobre arena, sufrimiento; lo que aparece después, cuando llega el Señor y entra en esa casa, es alegría, vida, comunión. O también el Evangelio que vamos a proclamar este próximo domingo, donde un fariseo le pide al Señor que venga a su casa, y cuando el Señor se sienta a la mesa una mujer, pecadora pública, llevando un frasco de alabastro, lleno de perfume, se tira a los pies de Jesús, se tira a sus pies, comienza a llorar, moja esos pies y con los cabellos de la cabeza los seca, besa los pies de Jesús... Ya veis la reacción en la casa del fariseo, construida sobre arena: si éste fuera profeta sabría que ésta es una mujer pecadora, que la mujer que le está tocando es una pecadora. Veis. Los dos han construido la casa sobre arena, pero qué reacción la de Jesús para conquistar el corazón y hacer descubrir a los dos que la casa se puede construir sobre roca. Le dice al fariseo: Simón, tengo algo que decirte, y le pone el ejemplo de un acreedor que tenía dos deudores, uno le debía 500 denarios y otro 50, y le pregunta quién de ellos le amará más cuando perdona lo que les debía. Y aquel fariseo que antes había juzgado, respondió: aquel a quien le perdonó más. Y Jesús se volvió a esta mujer para decirle: esta mujer ha entrado en tu casa me ha lavado los pies, los ha secado con sus cabellos, le quedan perdonados sus pecados porque ha demostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra. Ya veis lo que le dijo el Señor a esa mujer: tus pecados quedan perdonados. No entramos en todo el relato, porque es largo. Pero entramos en que Simón y la pecadora quedan reconstruidos, casas hechas sobre arena; de aquella misericordia del Señor surgen casas construidas en roca: tu fe te ha salvado vete en paz.

No es secundaria la presencia de Dios en la familia. No es secundaria la presencia de Dios en la vida del ser humano. Entremos y hagamos una casa construida sobre roca, una familia en roca, una familia que tiene como fundamento a Dios. Dejemos que la ternura del abrazo de Dios llegue a nuestra vida, la ternura de este Dios que está presente en el misterio de la Eucaristía, y que esta tarde contemplamos aquí, en la catedral de la Almudena. Este Dios que se hace cercano a nosotros. Este Dios que a ninguno de los que estamos aquí nos ha puesto ninguna condición. Este Dios os pide que descubramos que si construimos casa-familia sobre roca haremos un bien a esta humanidad. No haremos entrar a la humanidad por un camino que distorsiona el futuro del ser humano, nos lo dice el libro del Génesis: la ternura del abrazo de Dios.

Ya lo veis. El Evangelio de san Juan es muy elocuente para hablarnos de esa ternura. En el capítulo 13, en el versículo 34, el Señor nos lo dice claramente: «os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a los otros», que como os he amado os améis también vosotros, los unos a los otros. El tú del esposo y de la esposa es un tú que ve a Cristo mismo, y ama al otro como se ama a Cristo y como nos pide Cristo. Y en el tú del esposo y la esposa que da fruto en los hijos se traslada ese amor a todos los que forman parte de esa casa-familia construida sobre roca, porque conocerán esa casa porque son discípulos de Jesús y porque se aman los unos a los otros.

Queridos hermanos: esta es la gran tarea que nos propone el Señor, las dos casas que nos describe el Señor. La gran belleza de la familia está en construir la casa en roca, que no se cae, que se puede contemplar siempre, haya viento, lluvia... siempre, no se cae. Pero para esto es necesario que dejemos entrar en esta casa a Jesús. No es secundario. Por eso, no es secundario para la familia que sea sede de la Eucaristía, que las familias celebréis la Eucaristía los domingos, que sintáis el gozo de la presencia de Jesucristo y de la orientación de su palabras, que oréis en común, que os transmitáis la fe los unos a los otros y especialmente los padres a los hijos, sobre todo con el ejemplo, con las obras. Que viváis en la familia sabiendo que sois propiedad de Dios. Una casa familia, propiedad de Dios.

Catequesis a las Familias impartida por monseñor Carlos Osoro en la catedral de la Almudena

(11-03-2016)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por vuestra presencia. Gracias por acompañarme en este inicio de estas catequesis sobre la familia, que son más bien celebraciones de lo que es la familia cristiana.

Habéis visto que el protagonista de estas catequesis, como siempre, tiene que ser nuestro Señor Jesucristo, realmente presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Él prolonga su presencia en esta tierra en el misterio de la Eucaristía. Permanece junto a nosotros. Él se sigue dando y regalando a todos los hombres en este misterio.

Contemplamos al Dios rostro de la misericordia en este misterio de la Eucaristía. Pero, junto al Señor, como os decía antes, está la imagen venerada por todos nosotros de su Santísima Madre, en cuya catedral está este santuario de Ella, este lugar donde nos encontramos con esa mujer excepcional, ese ser humano más excepcional que ha existido, que supo decir a Dios sí con todas las consecuencias. Cuando Dios le pide la vida para mostrar su rostro en esta historia, Ella lo acepta.

He querido que fuesen estos dos protagonistas los que estuvieran presentes en el inicio de estas catequesis sobre la familia que vamos a comenzar. Cristo y María: el hijo de Dios que se hizo hombre, y la Santísima Virgen María, su madre. Ella dio rostro humano a Dios para que nosotros conociésemos quién es verdaderamente Dios, y el rostro verdadero que tiene el ser humano cuando deja entrar a Dios en su vida.

Esta página del Evangelio de las bodas de Caná, que tantas veces hemos escuchado, he querido que fuese para todos nosotros ese canto que abre este inicio de estas catequesis que vamos a continuar. Posiblemente, tanto las catequesis como la oración que yo haga con vosotros van a tener como telón de fondo lo que el papa Francisco, en la exhortación apostólica que próximamente va a salir, tendrá como fondo: la familia.

Cristo, en el inicio de su vida pública, quiere estar presente precisamente en el inicio de una familia, que es el matrimonio: un hombre y una mujer unen sus vidas, y Cristo se hace presente. San Juan Pablo II nos entregó a los cristianos los misterios luminosos. En uno de esos misterios nos habla de ese momento excepcional en que Jesucristo manifiesta que es realmente Dios, precisamente en las bodas de Caná.

La familia tiene una singular importancia en nuestra cultura, queridos hermanos. Miremos hoy todos nosotros la realidad de la familia en toda su complejidad, con las luces que realmente tiene y con las sombras que se manifiestan. Yo estoy pensando en los padres, en los abuelos, en las hermanas y hermanos, en los hijos, en el vínculo que se crea en la familia. Es cierto que la familia está sufriendo este cambio antropológico cultural que está influyendo en todos los aspectos de la vida, y que requiere de nosotros precisamente una cercanía cada día mayor a nuestro Señor Jesucristo.

El papa Benedicto XVI nos hablaba de la crisis antropológica, de la crisis del hombre, de la crisis de la imagen del ser humano. El papa Francisco, en la encíclica Laudato si’, nos ha hablado también de la crisis del ser humano, que es el problema fundamental que existe. Y esto afecta directamente a la familia. Cuando no se sabe qué es el ser humano, en las relaciones que comienzan entre un hombre y una mujer en el matrimonio, que continúan después a través de la familia formada en ese matrimonio por los hijos, tiene una repercusión esencial y profunda el concepto que tengamos del ser humano. Por eso, ¡qué importante es para nosotros encontrarnos con Jesucristo!. Con el que ha diseñado realmente lo que es el ser humano.

Es verdad que nosotros tenemos una necesidad especial de encontrarnos con el Señor para saber de verdad quiénes somos. Y esto solamente nos lo dice el Señor. La crisis de la fe nos afecta profundamente a todos nosotros. Y la crisis de la fe, la crisis de la marginación de Dios de nuestra existencia, nos afecta de una manera singular y especial. Y está en el origen también de la crisis del matrimonio y de la familia. No saber quiénes somos, cuando un hombre y una mujer unen sus vidas, trae a la larga una crisis, trae oscuridad. Esas palabras que un día os dijisteis la mujer al marido y el marido a la mujer -«yo te quiero a ti, prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida»- son unas palabras que solo se entienden a la luz de Jesucristo si soy capaz, al decirlas, de ver que en esa persona a quien se las digo estoy viendo al mismo Señor. Solo así se puede hacer una promesa de la categoría con que la habéis hecho.

En la sociedad actual, aún reconociendo la bondad del proyecto creador de Dios en la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, es verdad que también disminuye el número de personas que toman la decisión de unir sus vidas viendo el uno en el otro al mismo Jesucristo. En este contexto cultural, es cierto que es importante acercarnos al Señor como lo estamos haciendo nosotros esta noche. Acercarnos a Cristo. Sí. Es el Señor el que nos da a todos nosotros una capacidad especial, nueva, para descubrir que la familia sigue siendo en la actualidad el pilar fundamental e irrenunciable de la vida social, y que lo seguirá siendo siempre. En ella es verdad que conviven múltiples diferencias, pero a través de esas diferencias se estrechan relaciones, se crece en relación a generaciones diversas, y en la mutua acogida de las mismas.

La familia representa el valor fundante y el recurso insustituible para el desarrollo de la sociedad humana. El Concilio Vaticano II así nos lo recordaba, y también los sínodos que hemos celebrado sobre la familia. Decía el Concilio que la familia es escuela del más rico humanismo, es el fundamento de la sociedad, de las relaciones familiares, conyugales, filiales y fraternas. Los miembros de la familia establecen vínculos firmes, vínculos gratuitos, que les hace vivir en concordia, en el respeto recíproco y en superar el aislamiento y la soledad.

Queridos hermanos: miremos a la familia como la mira nuestro Señor, veamos a la familia a los ojos de nuestro Señor Jesucristo. Demos amor al hombre de verdad. Miremos así a la familia, con los ojos mismos de nuestro Señor Jesucristo. Volver la mirada a Jesucristo significa oír lo que acabamos de escuchar en el Evangelio. Qué maravilla, queridos hermanos. A una boda asiste Dios mismo. Él y su madre están invitados. En esa boda hay algo que falta. Cuando falta Dios, no hay fiesta. El corazón humano, sin Dios, está triste. Convenzámonos todos los cristianos de que esto es verdad, de que no es cuento lo que nos ha dicho la palabra de Dios que acabamos de proclamar. Retirar a Dios de la vida de unas personas que quieren unir sus vidas es retirar la felicidad del presente y, por supuesto, la felicidad del futuro. Porque solo con las fuerzas de uno no se puede hacer. No se podía hacer la fiesta, faltaba vida. Qué maravilla, queridos hermanos, que la que se da cuenta de esto es la Santísima Virgen María. Se da cuenta de los apuros que había allí: no había futuro, no se podía hacer la fiesta. Y la Virgen María se hace misionera. Sí. Va donde su hijo e intercede por aquella gente: no tienen vino, no pueden celebrar la fiesta. Jesús interviene. María simplemente dice: «haced lo que Él os diga».

Aquí estáis, familias. Sabéis lo que significa en la vida tener en el centro de vuestra existencia a Jesucristo. Él es el que nos hace a nosotros también saber decir al otro: perdón. Perdón. En el perdón también está la fiesta. Porque el perdón, cuando se pide y se da de corazón, nos hace levantarnos de la postración en la que estábamos.

La condición decisiva es mantener fija la mirada en Jesucristo, es detenernos en la adoración del Señor, es dejar que Él intervenga, es dejar que las tinajas que están llenas de agua Él las convierta en vino. Y las tinajas son nuestra propia existencia, la existencia vuestra, de los matrimonios, de los hijos.

Dejad que entre Jesucristo en vuestra vida, dejad que ocupe toda vuestra existencia, dejad que ocupe vuestro corazón. Haced verdad eso que hace el Señor con cada uno de nosotros. Permitidme que haga un recuerdo. Desde las 10 de esta mañana hasta hace un rato he estado en la cárcel de Soto del Real, hablando en todos los módulos a los que están allí residiendo. Y les he dado un icono donde está nuestro Señor Jesucristo lavando los pies a un discípulo. Se ve una jofaina, y Cristo está dando un abrazo al discípulo; no se le ve la cara, solo se ve la cara al discípulo; a Cristo se le ve la cara en la jofaina donde están metidos los pies del discípulo, y allí se refleja la cara de Cristo. Él no tiene inconveniente en mostrar su rostro en nuestra debilidad, en lo sucio de nuestros pies, incluso de nuestra vida. Y el discípulo está tan a gusto que en el icono se ve cómo tiene una mano abrazando al Señor y la otra poniéndola en alto, diciendo: no os acerquéis, estoy muy a gusto, quiero esta imagen, que entre en mi vida, la quiero meter en mi corazón.

Esto es la familia, queridos hermanos: un hombre y una mujer que toman la decisión de dejarse lavar los pies por el Señor, de dejar que la imagen de Cristo sea la que esté impresa en su corazón, la que mueva su vida y sus relaciones. Y esa imagen se la transmiten a sus hijos. Y es la imagen que mueve después las relaciones de la familia, no solamente del matrimonio. Ese es el vino que necesitamos. Ese es el vino. Eso es lo que hace posible la fiesta. Esto es lo que hace posible que el futuro lo tenga, como lo ha tenido siempre, la familia. Y la familia cristiana, queridos hermanos. El matrimonio cristiano, que es indisoluble. El matrimonio cristiano, que se aferra en ver el uno en el otro a Jesucristo, en ver la imagen del Señor en el otro. Transmitírselo a quienes traemos a la vida. Pero, para eso, hay que fijar la mirada en nuestro Señor Jesucristo.

Queridos hermanos: invitados a la fiesta. Imposible hacer la fiesta de la familia sin Jesucristo. No es posible. María, atenta a las necesidades. Pidamos su intercesión hoy por las familias. Pidamos que aceptemos el reto de María: «haced lo que El os diga». Pidamos que esto lo hagamos en lo ordinario de la vida, en la vida cotidiana, en el día a día. Agradezcamos que, gracias a la presencia de Dios en aquel grupo, en aquellos que iniciaban el matrimonio y el futuro de una familia, pudo haber fiesta.

Consideremos siempre, queridos hermanos y hermanas, que solo dejando entrar a Jesucristo en nuestra vida, la familia cristiana no solamente tiene futuro, sino que contagia una manera de ser y de vivir en la historia que transforma este mundo, que da seguridad a la sociedad, que es un bien social para nuestro mundo. La familia cristiana no es un añadido más. Es roca firme de una sociedad. Hagámoslo posible.

Pero, queridos hermanos, yo os convoco a adorar al Señor y a recibir estas catequesis no solamente hablando, sino adorando a Jesucristo, porque solo si dejamos entrar al Señor habrá familias cristianas.

La familia cristiana no se hace con muchos slogans que digamos por ahí. Haremos propaganda, pero quizá vacía. Tenemos que llenar de contenido a la familia. Y la familia cristiana se llena de contenido siempre cuando comienza dejando entrar al Señor en su vida. Vamos a dejarle entrar. Y vamos a comenzar una manera nueva. Bueno, no nueva, porque fue con la que comenzó Jesús: es tan antigua como la presencia desde hace 21 siglos de Jesucristo en este mundo, en esta historia. Por lo tanto, no es nueva, pero comenzó entrando Jesús en el corazón y en la vida de los que iniciaban una familia. No quiero, hermanos y hermanas, utilizar otro método más que el que utilizó nuestro Señor Jesucristo. Y os aseguro que así no nos confundimos. Vamos a mostrar que esto tiene tal capacidad de contagio, tal fuerza, que dinamiza una sociedad, la cambia, la revoluciona, la hace diferente. Hombre: tan diferente que la saca de la tristeza y de la desilusión para vivir en la alegría del Evangelio. Adoremos así al Señor un momento. Y os sigo invitando. Invitad a que una vez al mes las familias nos reunamos: un ratito, será una hora más o menos.

 

Tomado de Fuente: www.archimadrid.es